Malatesta / López Arango: Sindicalismo y anarquismo (1925)


Transcripción, traducción, revisión y edición: @rebeldealegre

En 1925, Errico Malatesta escribía para Pensiero e Volontà sobre la actitud de los anarquistas hacia el sindicalismo. Un par de meses más tarde Emilio López Arango respondía a las opiniones de, en sus palabras, el "viejo maestro" en el Suplemento La Protesta de Buenos Aires. Reproducimos aquí ambos textos igualmente titulados: primero, Malatesta; luego, López Arango.

* La "nota final" de Malatesta a la que se refiere López Arango en su artículo no aparece en el texto disponible y puede haber sido reproducida originalmente en el periódico.
** Gran parte del texto de Malatesta aparece en la compilación de Vernon Richards, "Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios" (pág. 119-122), pero hemos completado y corregido la traducción por no corresponder fielmente a la versión de "The Method of Freedom: An Errico Malatesta Reader" y puesto que varias frases de esa primera traducción parecen desorientar el sentido del texto.


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Manuel Rojas: Pedrea (1915)

 Transcripción: @rebeldealegre
 
Publicado en La Batalla, Año III, no. 59, 2a quincena de junio de 1915



Parece que únicamente supiéramos apedrearnos.
Mientras el enemigo nos apedrea los jardines, destrozándonos a veces un rosal, nosotros sin tomar en cuenta las piedras que vienen del otro lado de la tapia solo nos preocupamos de contestar las pedradas a los amigos. Siempre hay un mano que arroja la primera piedra e inicia la pedrea. Y no es porque sea esa mano la verdaderamente digna de arrojar la primera, no; es que no sé que oculto afán de estar siempre en desarmonía, no sé que deseo de perturbar nuestra vida, tan perturbada de por sí, nos mueve a estar siempre apedreándonos. Mientras tanto, más de una rosa cae bajo las piedras extrañas. Y nosotros no lo tomamos en cuenta. Pero yo, que sé que las piedras enemigas pegan más fuerte que las fraternas, yo que a la pedrea de un compañero, contesto con una pedrea de rosas, os digo: hermanos, guardad nuestras piedras para arrojarlas al otro lado de la tapia, no desperdiciéis nuestras fuerzas apedreándoos mutuamente. Cuidemos nuestro sembrado de las piedras extrañas y guardemos las piedras que nos arrojamos para hacer más alta la tapia de nuestros jardines. Y veréis que cada día serán menos los rosales tronchados y menos nuestras ansias de apedrearnos.


 

Errico Malatesta: "Idealismo" y "materialismo" (1924)


Traducción al castellano: @rebeldealegre 
Foto: David Oliveira

Traducido desde "'Idealismo' e 'materialismo'" , Pensiero e Volontà (Roma) 1, no. 2 (15 de enero de 1924). 

Se ha señalado miles de veces que los hombres, antes de arribar a la verdad, o al menos a tanta verdad relativa como sea alcanzable en diversas coyunturas de su desarrollo intelectual y social, tienen la costumbre de caer en la más amplia variedad de errores al mirar las cosas, ahora de un lado y ahora del otro, tambaleándose por ende desde una exageración a su opuesta.

Quiero examinar aquí un fenómeno de este tipo, de gran interés para toda la vida social contemporánea.

Hace unos años todos eran "materialistas". Invocando una "ciencia" que era el uso de los principios generales derivados de un conocimiento positivo demasiado incompleto, se esperaba explicar toda la psicología humana y la totalidad de la azarosa historia de la humanidad en términos de las necesidades materiales básicas solamente. El "factor económico" lo explicaba todo: pasado, presente, y futuro. Toda manifestación del pensamiento y el sentimiento, todo capricho en la vida, el amor como también el odio, las pasiones buenas y malas, la condición de las mujeres, la ambición, los celos, el orgullo racial, todo tipo de relaciones entre individuos y pueblos, la guerra y la paz, la sumisión o la rebeldía en masa, las diversas formas de familia y sociedad, los regímenes políticos, la religión, la moral, la literatura, el arte, la ciencia... todas estas eran meramente resultado del modo prevalente de producción y distribución de la riqueza y de los instrumentos del trabajo en cada época. Y aquellos con una noción más amplia, menos simplista de la naturaleza y la historia humana eran vistos dentro de las filas conservadoras y subversivas por igual como retrógrados carentes de "ciencia".

Naturalmente, esta perspectiva influyó en la conducta práctica de los partidos y tendió a conducir al sacrificio de todo noble ideal en favor de los intereses materiales, los asuntos económicos, no importa cuán nimios e insignificantes fuesen estos últimos.

Hoy, la moda ha cambiado. Por estos días todos son "idealistas": todos se disponen a mirar con desprecio la "barriga", y tratan al hombre como si fuese puro espíritu, siendo comer, vestir, satisfacer necesidades fisiológicas asuntos de ninguna importancia para él, asuntos a no atender, no sea que se comience un declive moral.

No tengo intención de ocuparme aquí de los siniestros extravagantes que hacen del "idealismo" pura hipocresía y un arma de engaño; el capitalista que recomienda un sentido del deber y espíritu de sacrificio a sus trabajadores para así despreocupadamente cortar sus salarios y aumentar sus propias ganancias; el "patriota" que, entusiasmado por el amor al país y el espíritu nacional, devora su propio terruño y, dada la chance, los terruños de otros; o el soldado que, por la mayor gloria y honor de la bandera, explota a los vencidos y les oprime y les pisotea.

Hablo de gente honesta: especialmente aquellos de nuestros compañeros que, habiendo visto que la lucha por la mejoría económica terminó consumiendo toda la energía de las organizaciones obreras hasta que todo el potencial revolucionario ahí se desgastó, y viendo ahora a tanto del proletariado dejándose despojar de todo vestigio de libertad y, aunque a regañadientes, besando el garrote que le golpea en la vana esperanza de que se le garantice el empleo y el pago decente, está mostrando una tendencia a tirar por la borda por desprecio a toda lucha y preocupación económica y a confinar, o, si se prefiere, elevar toda nuestra actividad a las esferas de la educación y la lucha revolucionaria en sí.

El principal problema, la necesidad básica es la necesidad de libertad, dicen; y la libertad puede solamente obtenerse y retenerse mediante fatigosas luchas y crueles sacrificios. Compete entonces a los revolucionarios no prestar atención alguna a asuntos insignificantes relacionados con las mejorías económicas, oponerse al egoísmo que prevalece entre las masas, difundir el espíritu de sacrificio y, en vez de prometer quimeras, infundir en la multitud un orgullo sagrado por el sufrimiento en nombre de una causa noble.

Completamente de acuerdo — pero no nos entusiasmemos.

La libertad, la plena y completa libertad, es por cierto el premio esencial, pues representa la coronación de la dignidad humana y es el único medio a través del cual los problemas sociales pueden y han de ser resueltos en beneficio de todos. Pero la libertad es una palabra vacía a menos que se enlace con la capacidad, es decir, con los medios a través de los cuales puede uno libremente llevar a cabo su propia actividad.

La máxima "quien es pobre es un esclavo" es todavía cierta, aunque igualmente cierta es aquella otra máxima "quien es esclavo es o es vuelto pobre, y por ende pierde todas las mejores características del ser humano".

Las necesidades materiales, la satisfacción de necesidades fisiológicas, son ciertamente asuntos inferiores e incluso despreciables, pero son el pre-requisito básico para toda más elevada existencia moral e intelectual. El hombre es motivado por una miríada de factores de la más diversa índole y éstos dan forma al curso de la historia, pero... Tiene que comer. "Primero vive, y luego filosofa".

A nuestras sensibilidades estéticas, un poco de tela, algo de aceite, y un poco de tierra de color son cosas simples al contrastarlas con una pintura de Rafael; pero sin aquellos materiales relativamente insignificantes, Rafael no hubiese podido nunca plasmar su sueño de belleza.

Sospecho que los "idealistas" son personas que comen a diario y que aún pueden estar razonablemente seguros de comer al día siguiente; y es natural, pues para poder pensar, para poder aspirar a asuntos más elevados, se requiere un mínimo básico, no importa cuán bajo, de comodidad material. Ha habido y hay hombres a la altura de las más altas cimas del sacrificio y el sufrimiento; pero estos son hombres que han crecido en circunstancias relativamente favorables y que han podido almacenar una cantidad de energía latente, que luego entra en juego cuando surge la necesidad. Esa es la regla general, en todo caso.

Desde hace mucho tiempo he tenido relación con organizaciones obreras, grupos revolucionarios, y asociaciones educativas y siempre he notado que los más grandes activistas, los más grandes entusiastas eran aquellos que estaban en las circunstancias menos estrechas y que se veían atraídos, no tanto por su propia necesidad, sino por un deseo de contribuir a hacer el bien y por sentirse ennoblecidos por un ideal. Los verdaderos, los más desdichados, aquellos que pueda parecer que tienen el interés más personal e inmediato en un cambio en las cosas estaban ya sea ausentes o jugaban un rol pasivo. Recuerdo cuán dura e infructífera resultó ser nuestra propaganda en ciertas locaciones de Italia treinta o cuarenta años atrás cuando los campesinos y mucha de la población obrera urbana vivían en condiciones genuinamente brutas, las que me gustaría hoy pensar que son cosa del pasado, aunque los temores de que vuelvan pueden no carecer de fundamentos. Tal como he visto revueltas populares inspiradas por el hambre ser apaciguadas de un golpe con la apertura de "cocinas de campaña" y la distribución de un poco de dinero.

De todo esto, mi deducción es que el puesto de honor va para la idea, la que debe activar la voluntad, pero se requieren ciertas condiciones para que la idea pueda emerger y hacer impacto.

Así nuestro antiguo programa, que anunciaba la emancipación moral, política, y económica no podía separar una de la otra, y que las masas necesitan estar en condiciones materiales tales que puedan permitir el ejercicio de necesidades ideales, se sigue confirmando.

Luchar por la completa emancipación y, mientras se espera y prepara para el día en que eso sea factible, arrebatar al gobierno y los capitalistas todas las mejorías políticas y económicas que puedan desarrollar las condiciones de nuestra lucha y aumentar los números de luchadores conscientes. Entonces, arrebatarlas por medios que no impliquen ningún reconocimiento de los arreglos existentes y que allanen el camino al futuro.

Difundir el sentido del deber y el espíritu de sacrificio; pero tener en mente que el ejemplo es la mejor forma de propaganda y que uno no puede pedir a los demás lo que no hace uno mismo.

Emilio López Arango: Los problemas del anarquismo (1924)

Transcripción y edición: @rebeldealegre

Publicado originalmente en el Suplemento La Protesta, no. 119, 1 de mayo de 1924.

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Emilio López Arango: La oposición al marxismo en el movimiento obrero

Edición: @rebeldealegre
Cuadro: "La lucha por la emancipación", Siqueiros, 1961.

Texto transcrito desde «El Anarquismo en América Latina » de Carlos M. Rama y Ángel J. Cappelletti.

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Errico Malatesta: Anarquía y federalismo (1928)


Transcripción: @rebeldealegre
En los años pasados, en los tiempos de la Internacional, se quería adoptar a menudo la palabra “federalismo” como sinónimo de anarquía; y la fracción anárquica de la gran Asociación (que los adversarios, embebidos de espíritu autoritario, que suelen rebajar las más vastas cuestiones de ideas a mezquinas cuestiones personales, llamaban la “Internacional bakuninista”) era llamada por los amigos indiferentemente “Internacional anarquista” o “Internacional federalista”.

Era la época en que la “unidad” estaba de moda en Europa; y no sólo entre los burgueses.

Los representantes más escuchados de la idea socialista autoritaria predicaban la centralización en todo, y tronaban contra la idea federalista, que calificaban de reaccionaria. Y en el sentido mismo de la Internacional, el Consejo general, compuesto por Marx, Engels y compañeros socialistas democráticos, intentaban imponer su autoridad a los trabajadores de todos los países, centralizando en sus manos la dirección suprema de toda la vida de la Asociación, y pretendía reducir a la obediencia, o aplastar, a las Federaciones rebeldes, las cuales no querían reconocerles ninguna atribución legislativa y proclamaban que la Internacional debía ser una confederación de individuos, de grupos y federaciones autónomas, ligadas entre sí por el pacto de solidaridad en la lucha contra el capitalismo.

En aquella época, pues, la palabra “federalismo”, si no era absolutamente fuente de equívocos, representaba bastante bien, aunque no fuese más que por el sentido que le daba la oposición de los autoritarios, la idea de libre asociación entre individuos libres, que es el fondo del concepto anárquico.

Pero ahora las cosas han cambiado desde hace tiempo. Los socialistas autoritarios, antes ferozmente unitarios y centralizadores, impulsados por la crítica anarquista, se declaran de buena gana federalistas, como comienzan a decirse federalistas la mayoría de los republicanos. Y por eso hace falta abrir bien los ojos y no dejarse engañar por una palabra.

Lógicamente el federalismo, llevado a sus últimas consecuencias, no sólo aplicado a los diversos lugares que los hombres habitan, sino también a las diversas funciones que realizan en la sociedad, llevado hasta lo común, hasta la asociación para un objetivo cualquiera, hasta el individuo, significa lo mismo que la anarquía — unidades libres y soberanas que se federan en beneficio común.

Pero no es este el sentido en que entienden el federalismo los no anarquistas.

De los republicanos propiamente dichos, es decir de los republicanos burgueses no es el caso de ocuparse ahora. Ellos, sean unitarios o federalistas, quieren conservar la propiedad individual y la división de la sociedad en clases; y por eso, como quiera que esté organizada su república, la libertad y la autonomía serían siempre una mentira para el mayor número: — el pobre es siempre dependiente, esclavo del rico. El federalismo burgués significaría simplemente mayor independencia, mayor arbitrio para los amos de las diversas regiones, pero no menor fuerza para oprimir a los trabajadores, pues las tropas federales estarían siempre listas para acudir a poner freno a los trabajadores y defender a los amos.

Hablamos del federalismo en su forma política, cualquiera que sean las instituciones económicas.

Para los no anarquistas el federalismo se reduce a una descentralización administrativa regional y nacional más o menos vasta, salvada siempre la autoridad suprema de la federación. Pertenecer a la Federación es obligatorio; y es obligatorio obedecer a las leyes federales; las cuales deberían regular los asuntos “comunes” a los diversos confederados.

Quien establece luego cuáles son los asuntos que deben dejarse a la autonomía de las diversas localidades, y cuáles los comunes a todos que deben ser objeto de leyes federales, es aun la Federación, es decir es el gobierno central mismo quien lo decide. ¡Un gobierno que pretende limitar la propia autoridad!… Se comprende ya que la limitará lo menos posible y que tenderá comúnmente a sobrepasar los límites que en un principio — cuando era débil — tuvo que imponerse.

Por lo demás, este más o menos de autoridad se refiere a los diversos gobiernos comunales, regionales y centrales en las relaciones que tienen entre sí. El individuo, el hombre, permanece siempre materia gobernable y explotable a discreción, con el derecho a decir por quién le agradaría ser gobernado, pero con el deber de obedecer a cualquiera que sea el parlamento que salga del alambique electoral.

En este sentido, que es el sentido en que existe en algunos países, en el cual lo desean los más avanzados entre los republicanos y los socialistas democráticos, el federalismo es un gobierno que, como todos los demás, está fundado en la minimización de la libertad del individuo, y tiende a volverse cada vez más opresivo, y no halla límite a sus pretensiones autoritarias más que en la resistencia de los gobernados. Somos, por consiguiente, adversarios de este federalismo como de toda otra forma de gobierno.

Aceptaremos en cambio la calificación de federalistas cuando se entienda que toda localidad, toda corporación, toda asociación, todo individuo es libre de federarse con quien más le agrade o de no federarse de modo alguno, que cada cual es libre de salir cuando le plazca de la federación en que ha entrado, que la federación representa una asociación de fuerzas para el mayor beneficio de los asociados y que no tiene, como conjunto, nada que imponer a los federados aislados, y que cada grupo como cada individuo no debe aceptar ninguna resolución colectiva más que cuando le conviene y le agrada. Pero en este sentido el federalismo no es ya una forma de gobierno: es sólo otra palabra para decir anarquía.

Y esto vale tanto para las federaciones de la sociedad futura como para las federaciones entre los compañeros anarquistas para la propaganda y para la lucha.

Milly Witkop: Mis recuerdos sobre Kropotkin (1922)

 
Transcripción: @rebeldealegre
 
Cuando leí en la prensa las distintas necrologías dedicadas a Kropotkin, no pude reprimir un penoso sentimiento. Se cuentan las cosas más maravillosas sobre Kropotkin, el teórico anarquista, el hombre de ciencia, el gran expositor de la ayuda mutua, etc., pero poco, muy poco se ha dicho sobre el hombre. Hasta sus amigos más íntimos han tocado apenas este aspecto. Se ponderan los grandes beneficios que ha aportado a la humanidad doliente y se admira su incansable actividad en diversos dominios, — con esto se satisfacen la mayor parte de las veces. Y yo recuerdo involuntariamente las palabras que uno de nuestros mejores camaradas me ha escrito una vez: "Se mira solamente mi obra, mis especiales aptitudes, los servicios que yo he prestado al movimiento, pero no se mira a mí mismo". Esto produce una amarga sensación. Yo me esforcé, con toda clases de gastados argumentos, como se acostumbra en tales circunstancias, por desengañarle; si lo he logrado, esto lo ignoro.

Me parece que el destino de todas las grandes personalidades el ser enterradas por su propio genio. Se olvida demasiado fácilmente ante sus méritos y servicios la pura humanidad en ellos, y es justamente eso lo que nuestras más íntimas sensaciones ponen en primer lugar. Por este motivo hubiera sido deseable que también en las descripciones sobre Kropotkin se hubiese mencionado algo más atentamente este aspecto de su naturaleza, que según mi opinión es el más importante y precioso. Su actividad en el movimiento revolucionario y las obras que nos ha dejado no tienen necesidad de comentario; hablan por sí mismas. La claridad en su pensamiento, la sencilla belleza de sus escritos son cosas que no se ponen en duda y ahorran completamente las referencias especiales y las aclaraciones. Por esto es más importante entrar en la descripción de sus puras cualidades humanas.

No puedo alabarme de haber pertenecido a los íntimos amigos de Kropotkin; sin embargo lo conocí personalmente hace más de 25 años y me encontré muy a menudo con él en reuniones, conferencias, veladas y conversaciones privadas. Lo visité entonces en su casita de Brighton, junto con nuestros viejos amigos. M. Cohn y su mujer, de Nueva York. No olvidaré nunca la impresión de esa visita. Hablamos sobre el problema de la guerra; no había aún sobre este asunto la actitud pública ulterior. Sus desarrollos llegaron hasta lo más profundo de mi corazón. Deseé no haber escuchado nunca esas palabras, que me abrasaban como una herida abierta en el alma. Y sin embargo, no dejaron en mí ningún amargo sentimiento contra ese hombre pues sabía que había expresado el más profundo convencimiento interior. Justamente entonces, cuando nuestras opiniones eran tan rudamente contradictorias, comprendí la grande y noble personalidad humana de Kropotkin.

Yo fui a la edad de diecisiete años a Londres, desde una pequeña ciudad rusa y estaba por completo fascinada por una visión religiosa del mundo. Como muchos otros, comencé a conocer en el gran Ghetto del East-End las ideas del socialismo moderno y llegué, poco a poco, al convencimiento de que mis anteriores convicciones estaban en conflicto con ellas. Había ya en el Unkunft, el órgano de los socialistas en América, leído algunas disertaciones de Lassalle, de Marx y de Engels cuando cayó en mis manos el pequeño folleto de Kropotkin A los jóvenes. La impresión que recibí con él es indescriptible. Advertí que el hombre que había escrito esas páginas puso su alma en cada palabra y lo admiré con toda la pasión de que sólo una joven idealista es capaz. Hubiera sido la más grande desilusión de mi vida si hubiese encontrado un Kropotkin distinto del hombre que había imaginado al leer esas páginas...

Mi corazón se llenó de alegría cuando encontré un día en el Arbeiter Freund el anuncio de que Kropotkin nos daría una conferencia. El entusiasmo general con que su aparición fue saludada me dijo claramente que todos los reunidos estaban cautivados por el mismo extraordinario amor que yo sentí hacia él. Pero sería completamente falso creer que esta simpatía procediese de sus vasto conocimientos científicos. No; nadie pensó un momento en eso. Era su fina y sugestiva sonrisa, la benevolencia de su mirada, su modo natural de ser, el apretón de manos con que se conquistaba por completo la simpatía y el amor de todos los que tenían contacto con él, y todos los que estábamos reunidos allí, sastres, conductores, obreros del puerto, costureras, sentíamos que él nos hacía objeto del mismo sentimiento de amistad y de fraternidad que nosotros abrigábamos hacia él.

Kropotkin era ante todo humano. Amó al sencillo hombre del pueblo con todas las fuerzas de que era capaz su alma. Tuvo fe en el pueblo, la fe profunda y animada que inspiró y animó a todos los que le llegaron a conocer. La mayor parte de los llamados grandes hombres, entre ellos muchos socialistas, disfrutan únicamente la fama de su obra, y el más próximo contacto con ellos trae muy a menudo amargas desilusiones. Kropotkin era justamente lo contrario: cuanto más cerca de él se estaba, más se le amaba y estimaba.

"Trabajar con él , bajo el influjo de su presencia, es una verdadera inspiración", me decía una vez un camarada georgiano. Era en los primeros meses de la guerra y nuestro amigo era adversario de la actitud de Kropotkin, lo mismo que yo. "He trabajado con él, decía; puse su biblioteca en orden y arreglé sus numerosas noticias. Sea cualquiera su actitud lo amaré toda mi vida".

¡Qué personalidad debía ser esa capaz de producir en los demás tan profunda e imperecedera impresión!

Muchos camaradas eran de opinión que había sido una suerte que, a causa de su salud, Kropotkin hubiera estado obligado durante los últimos veinte años a retirarse casi por completo de su actividad pública en el movimiento, pues solamente de ese modo ha podido terminar sus obras. Yo soy de otra opinión. La presencia de un hombre como Kropotkin en un movimiento, su contacto diario con el pueblo, pueden obrar más prodigios que sus mejores obras. El influjo personal de un tal carácter no podría ser más precioso. Es de lamentar sinceramente que tales hombres sean tan raros en nuestro medio. Sobre todo hoy en que el mundo entero parece vivir en este momento el escepticismo de la corroedora mediocracia y del metálico materialismo; hoy que el amor a la humanidad, que desbordaba el corazón de Kropotkin, se ha convertido en frase sin sentido y que todo puro idealismo es objeto de burla por parte de aquellos a quienes las masas ayudaron a llegar al poder. Pueda el tributo a la magnífica personalidad de nuestro gran muerto contribuir a que su espíritu profundamente humano se conserve en nosotros, pues es el único con el cual podemos ir al encuentro de un futuro libre. 
 
Berlín, septiembre de 1922.

Errico Malatesta: La libertad de estudiar (1922)

Transcripción: @rebeldealegre

Publicado en el Suplemento La Protesta, Buenos Aires, 18 de septiembre de 1922
El texto aludido de Camillo Berneri aparece también en ese número del periódico, página 2:
«Los problemas de los estudios electivos como problemas de libertad»



Camilo Berneri ha examinado el problema de los estudios superiores en la sociedad del porvenir.

Observa el hecho tan general de la contradicción que se encuentra en los hombres de “tendencia” (deseo) y “aptitud” (capacidad, disposición natural); cita muchos casos de hombres grandes en una rama del arte o de la ciencia que se creían, en cambio, llamados precisamente a aquellas cosas para las que eran incapaces.

Por otra parte observa que, si no se puede aceptar el juicio que uno da de sí mismo, tampoco se puede atener al juicio que dan los otros, aunque sean competentes, puesto que no es raro el caso de grandes hombres que fueron tenidos por idiotas por sus profesores, o, al menos, por incapaces precisamente en aquel género de estudios o de actividades prácticas en las que más se destacaron después.

De ahí el problema: o “haz lo que quieras,” y entonces el mayor número querría hacer lo que no es capaz de hacer y resultaría un gran derroche de fuerzas en perjuicio de la colectividad, o “haz lo que los “competentes” te dicen que hagas”, y entonces los más bellos genios podrían ser destrozados por la incomprensión de los pedantes.

Berneri resuelve esta cuestión de la “libertad intelectual”, libertad que consiste en dedicarse a las actividades preferidas, ateniéndose a un ensayo relativísimo, y concluye:

“Decir: “Cada uno debe estudiar lo que quiere y cómo quiere”, implica la absoluta libertad profesional. Así también, decir: “Cada uno tiene derecho a vivir para el arte, o para la ciencia, o para la filosofía”, implica el hecho de que toda una categoría de parásitos viva a espaldas de los verdaderos productores.

“También, pues, para los estudios se puede hablar de un máximo de libertad y no de una absoluta libertad. Puesto que tal libertad absoluta de uno vendría a contrastar con los intereses, y, por tanto, con la libertad de los otros…

¿Pero quién establece e impone el límite?

Yo creo que el compañero Berneri ha planteado mal la cuestión, porque supone que en una sociedad racionalmente organizada, en la que ninguno tiene los medios de someter y oprimir a los otros, debe o puede subsistir la división entre trabajadores del brazo, dañados y embrutecidos por el continuo esfuerzo muscular, y trabajadores de la mente, que rehuyen toda actividad directamente productiva para luego satisfacer la necesidad que de moverse tiene todo organismo sano recurriendo a juegos y ejercicios musculares improductivos.

El orden de esta división de los hombres en “intelectuales” (que a menudo no son más que simples ociosos sin ninguna intelectualidad) y “manuales” se puede encontrar en el hecho de que en épocas y circunstancias en que producir lo suficiente para satisfacer ampliamente las propias necesidades importaba un esfuerzo excesivo y desagradable y no conocían los beneficios de la cooperación y de la solidaridad, los más fuertes o los más afortunados encontraron el modo de obligar a los otros a trabajar para ellos. Entonces el trabajo manual, además de ser más o menos penoso, se volvió también un signo de inferioridad social; y por ello los señores se cansaban y se mataban en ejercicios ecuestres, en cazas extenuantes y peligrosas, en carreras fatigosísimas, pero se habrían considerado deshonrados si hubieran ensuciado sus manos en el más pequeño trabajo productivo. El trabajo fue cosa de esclavos; y tal sigue siendo hoy, a pesar de las mayores luces y todos los progresos de la mecánica y de las ciencias aplicadas, que facilitan la tarea de proveer abundantemente a las necesidades de todos con un trabajo agradable, moderado en la duración y en el esfuerzo.

Cuando todos tengan el libre uso de los medios de producción y nadie pueda obligar a otro a trabajar para él, entonces será interés de todos organizar el trabajo de modo que resulte más productivo y atrayente, y todos podrán cultivar, útil o inútilmente, los estudios sin que por ello se vuelvan parásitos. No habría parásitos; primero porque ninguno querría alimentar parásitos, y luego porque cada uno encontrará que dando su parte de trabajo manual para concurrir a la producción satisfacería al mismo tiempo la necesidad de actividad física de su organismo.

Trabajarían todos, también los poetas y los filósofos trascendentales, sin perjuicio para la poesía ni para la filosofía. Todo lo contrario...

Diego Abad de Santillán: El anarquismo filosófico o el movimiento social anarquista (1925)

Edición: @rebeldealegre
Foto:
Edizioni La Baronata


Publicado originalmente en el Suplemento semanal La Protesta, Buenos Aires, 24 de agosto de 1925. Reproducido en «El anarquismo en el movimiento obrero»

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Emilio López Arango: La ficción unitaria (1923)

Transcripción: @rebeldealegre
Suplemento La Protesta, no. 68, 7 de mayo de 1923

 
Un poco por temor al calificativo de divisionistas, y otro poco porque han hecho un verdadero culto de la unidad del proletariado — unidad de clase, ya que ideológicamente las divisiones en grupos doctrinarios representa el aspecto más característico del movimiento social contemporáneo —, hay compañeros que creen factible llegar a descubrir una fórmula integral que concilie, en las organizaciones obreras, las diversas opiniones que provocan los actuales antagonismos. A nuestro modo de ver, se repite, al sentar ese criterio unitario, el viejo error neutralista que hizo posible la degeneración del sindicalismo revolucionario y dejó al movimiento obrero librado a la influencia de los peores elementos políticos.

Si lo que nos separa de los marxistas es la concepción general del problema social, tanto en la táctica como en la teoría revolucionarias, y si ese choque de opiniones debe producirse inevitablemente en el terreno de la lucha sindicalista, no es posible olvidar esa circunstancia en la apreciación del propio movimiento obrero. ¿O es que los anarquistas debemos aceptar la premisa de que el proletariado, por ser una clase económicamente bien determinada, representa moral e intelectualmente una unidad indisoluble y coherente en todas sus manifestaciones y realiza por lo mismo acciones revolucionarias bien definidas? Eso sería, a juicio nuestro, dar demasiada importancia al factor económico y subordinar a las influencias del medio — desarrollo del capitalismo, agitaciones provocadas por la desocupación, la carestía de la vida, etc.— , los problemas del espíritu y de la conciencia, que para los anarquistas constituyen el móvil de todos los avances progresivos de la humanidad.

La cuestión en que con más frecuencia chocamos con los compañeros europeos que militan en las organizaciones obreras, es la que se refiere a la táctica del sindicalismo en relación con la doctrina anarquista. Aceptando, como nosotros, que los sindicatos obreros pueden llenar una alta función revolucionaria si se orientan de modo que estén abiertamente frente al Estado y a los partidos estatistas, la mayoría de los camaradas de Europa tratan, sin embargo, de conciliar su ideología — que rechaza la concepción disciplinista y autoritaria del marxismo — con la unidad de clase que suponen debe ser la síntesis del proceso ideológico del proletariado.

Por supuesto que nosotros no aceptamos la división de actividades y de actitudes en diversos campos de influencia: creemos que si la lucha ideológica se mantiene en el terreno político es imposible pretender que exista conciliación en el terreno gremial en el que también chocamos con nuestros adversarios en ideas. Porque si el movimiento obrero, es algo más que un medio económico para la lucha económica, y el proletariado representa un rol más importante que el que supone esa lucha por la conquista del pan, debemos admitir que los mismos motivos de divergencia deben existir, para nosotros, en el sindicalismo y determinar una posición doctrinaria no concordante con el concepto de los marxistas.

Al movimiento obrero, si en realidad le concedemos valores revolucionarios, debemos llevar nuestras ideas sin temer a las desgarraduras que podamos producir con nuestros exclusivismos en ese pretendido organismo homogéneo de clase. ¿O es que debemos atenernos a esa supuesta unidad económica, buscando los puntos de contacto que puedan unirnos con nuestros adversarios en ideas y renunciando a los principios que más fundamentalmente nos separan?

Nos sugiere estas reflexiones el artículo del compañero Luis Fabbri “La organización obrera según el anarquismo”, publicado en el número 66 del Suplemento [pág. 8 del .pdf]. En términos generales, pueda decirse que el estudio del camarada Fabbri es una severa crítica a la teoría y a la táctica empleadas por los marxistas en las organizaciones obreras a fin de someter a su domino a los trabajadores organizados. Pero, dejándose llevar por la ficción unitaria — ese que nosotros llamamos el prejuicio de los sindicalistas revolucionarios — y hasta olvidándose de su propia crítica al marxismo, nuestro compañero pretende que es posible mantener una organización obrera revolucionaria independiente de toda ideología.

En la última parte de su artículo, el compañero Fabbri dice lo siguiente:

“… al menos, según mi parecer, en el campo de la organización obrera lo que sobre todo importa es la unidad: es decir, que la organización sea tal que todos los obreros (comprendidos, naturalmente, los anarquistas) pueden adherir a ella sin violentar su conciencia y sin sentirse incómodos. Por esto no debe hacer suyo ningún programa de partido ni ninguna especial ideología, debe ser autónoma e independiente de todos los agrupamientos y partidos exteriores, su orientación general lo mismo que sus métodos deben ser una resultante de los hechos que de las teorías o etiquetas exteriores y el producto del grado efectivo de conciencia alcanzado por las masas proletarias”.

No podemos explicarnos como se llegaría a realizar ese milagro integralista… Como nosotros no creemos que el proletariado sea una entidad moral homogénea, capaz de contener en sí mismo — por su condición de clase explotada — los valores ideológicos que enaltecen al hombre y lo colocan a un nivel superior, de ahí que rechacemos ese concepto de las organizaciones obreras al margen de los grupos políticos o doctrinarios.

Porque el movimiento proletario, además de un propósito económico interpreta un grado de cultura y de civilización, aceptamos esa división que imponen las ideas en el terreno sindical. Los sindicatos obreros deben representar los diversos matices de la ideología socialista: ser un medio de acción para cada uno de los grupos doctrinarios que desarrollan sus actividades en el seno de la clase trabajadora. Pero ¿es que realmente no existe un sindicalismo coordinante con la propaganda de cada fracción doctrinaria, ya sea respondiendo a la influencia de los socialistas o comunistas autoritarios, ya interpretando prácticamente el concepto puramente clasista del sindicalismo prescindente, o bien coordinante, en lo que le permiten las circunstancias, con la prédica libertaria de los anarquistas?

La realidad del movimiento obrero está en esa división en medios o radios de influencias. En el conjunto sindical — en el medio impreciso que conocemos como proletariado — se agitan las ideas más contradictorias e irreconciliables, y el choque es permanente en las agrupaciones obreras que no llegaron a una síntesis ideológica para precisar su conducta, o, en el peor de los casos, a darse una norma de disciplina que impida la acción disolvente de los descontentos.

Contrariamente a lo que opina el compañero Fabbri, nosotros sostenemos que es necesario llevar a las organizaciones la beligerancia de doctrinas y todos los elementos ideológicos que puedan ser motivo de desintegración de esos organismos mastodónticos incapacitados para llevar a cabo un movimiento contra la voluntad de los jefes y la conveniencia de los partidos que, oficial o extraoficialmente, los dirigen. Y si ese choque de opiniones es, además de inevitable, absolutamente conveniente, ¿en razón de qué principios de dinámica social de interés inmediato hemos de velar por la unidad de clase del proletariado? Esa unidad no existe realmente ni aún mirada desde el punto de vista económico. En consecuencia, lo que nos interesa a los anarquistas, es desarrollar una organización concordante con nuestra ideología en el movimiento obrero, para así llegar al sindicalismo libertario; a la teoría anarquista aplicada a la táctica del sindicalismo y encuadrada en un movimiento de liberación realizado por los trabajadores en el terreno de la lucha económica.

La verdadera conciliación debemos buscarla entre la doctrina anarquista y el movimiento obrero susceptible de transformarse en un movimiento ampliamente emancipador y libertario.

Shawn P. Wilbur: La "autoridad del zapatero". Bakunin y Proudhon / Autoridad y anarquía (2016)


Dos textos que comentan el tema del antiautoritarismo y la famosa referencia de Bakunin a "la autoridad del zapatero" en Dios y el Estado. Desde el blog de Shawn P. Wilbur, Contr'un: Anarchist Theory. Las traducciones de los comentarios de Wilbur son de @rebeldealegre, los textos citados son de las versiones que se encuentran en la Biblioteca Anarquista.


DESCÁRGALO AQUÍ

Errico Malatesta: El Primero de Mayo (1893)

Traducción al castellano: @rebeldealegre

Publicado originalmente en The Commonweal (Londres) 1, nueva serie, no. 1 (1 de mayo de 1893).
Revisa dos textos breves donde Davide Turcato hace referencia a este texto:
 
Del Capítulo 5: «Epílogo: La continuidad del anarquismo» 
Del Capítulo 6: «Epílogo: La corriente de la historia»


Por tercera vez el proletariado consciente de todos los países afirma por medio de una manifestación internacional, la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente.

Los gobiernos y las clases tiemblan, y tienen buena razón. No porque en este día romperá la revolución — pues ese es un evento que puede ocurrir cualquier día del año — sino porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.

¿Qué importa si los hombres y los partidos ofrecen diversas razones hoy por hoy para sus fines inmediatos y en acuerdo al beneficio que esperan derivar de ellos? El hecho principal sigue siendo que los trabajadores anuncian que están todos unidos, y son unánimes en la lucha contra los dominadores. Este hecho sigue siendo, y seguirá siendo, uno de los eventos más importantes del siglo, y uno de los signos que proclaman la Gran Revolución — una revolución que dará a luz a una nueva civilización fundada sobre el bienestar de todos, y la solidaridad del trabajo: Es un hecho, cuya importancia sólo es equiparada en el presente por aquel otro anuncio proletario de la asociación internacional entre los trabajadores.

Y el movimiento es de suma relevancia por ser obra directa de las masas, y bien separada e incluso en oposición a la acción de los partidos.

Cuando los socialistas de estado en el Congreso de París de 1889, definieron el 1º de Mayo como un día de huelga internacional, fue meramente una de esas definiciones platónicas que se hacen en los congresos simplemente por declarar un principio, y que son olvidadas tan pronto como el congreso termina. Tal vez pensaron que esa decisión podría ayudar a darle importancia a su partido, y a serle útil a ciertos hombres como cabecera electoral; pues desgraciadamente estas personas parecen tener corazones que solo laten con entusiasmo por propósitos electorales. En cualquier caso, sigue siendo cierto que desde el momento en que percibieron que la idea se había abierto paso, y que las manifestaciones se volvieron imponentes y que amenazaban con llevarles por senderos revolucionarios, se esforzaron por controlar el movimiento y por despojar el significado que el instinto popular le había dado. Para probar esto, no se requiere más que recordar los esfuerzos que se han hecho por cambiar la manifestación desde el primer día de mayo al primer domingo de mayo. Puesto que no es la regla trabajar los domingo, hablar de suspensión del trabajo en ese día es simplemente una farsa y un fraude. Ya no es una huelga, ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo! Y para matar con aún más eficacia al movimiento que sin pensarlo comenzaron, han llegado a tal punto de querer pedir al gobierno ¡que declare el 1º de Mayo feriado oficial!

La consecuencia de todas estas tácticas adormecedoras es que las masas, que en un comienzo se lanzaban al movimiento con entusiasmo, comienzan a perder su confianza en él, y están empezando a considerar el 1º de Mayo como un mero desfile anual, con la única diferencia con otros desfiles tradicionales de ser más apagado y más aburrido.

Es asunto de los revolucionarios salvar este movimiento, que podría en algún momento u otro dar ocasión a consecuencias más importantes, y que en cualquier caso es siempre un poderoso medio de propaganda al cual renunciar sería un desatino.

Entre los anarquistas y los revolucionarios hay algunos que no tienen ningún interés en el movimiento, algunos incluso lo objetan porque el primer impulso, en Europa al menos, fue dado por los socialistas parlamentaristas, que utilizaron las manifestaciones como una forma de obtener poderes públicos, las ocho horas legales, legislación internacional con respecto al trabajo, y otras reformas que sabemos que son meras carnadas, que sirven solo para engañar a la gente, y para desviarles de introducir demandas sustanciales, o bien para apaciguarles cuando amenacen al gobierno y a las clases propietarias.

Estos objetores están equivocados en nuestra opinión. Los movimientos populares comienzan como pueden; casi siempre brotan de alguna idea ya trascendida por el pensamiento contemporáneo. Es absurdo esperar que en la condición presente del proletariado la gran masa esté capacitada antes de concebir y aceptar un programa formulado por un pequeño número a quienes las circunstancias han dado medios excepcionales de desarrollo, un programa que solo puede llegar a ser conscientemente aceptado por el gran número por la acción de condiciones morales y materiales que el movimiento mismo debe suministrar. Si esperamos, para saltar a la palestra, a que el pueblo monte los colores anarquistas comunistas, correremos gran riesgo de ser eternos soñadores; veremos la corriente de la historia fluir a nuestros pies mientras contribuimos escasamente algo en la determinación de su curso, dejando mientras el campo libre a nuestros adversarios quienes son enemigos, consciente o inconscientemente, de los reales intereses del pueblo.

Nuestra bandera debemos montarla nosotros mismos, y hemos de llevarla en alto donde sea que haya personas que sufren, particularmente donde sea que haya personas que demuestran estar cansadas de sufrir, y luchan de cualquier modo, bueno o malo, contra la opresión y la explotación.

Los trabajadores que sufren, pero que poco o nada comprenden de teorías, los trabajadores que tienen hambre y frío, que ven a sus hijos languidecer y morir de inanición, que ven a sus esposas y hermanas darse a la prostitución, trabajadores que saben que ellos mismos marchan al asilo o al hospital — estos no tienen tiempo que esperar, y están naturalmente dispuestos a preferir cualquier mejora inmediata, no importa cuál — incluso una transitoria o una ilusoria, ya que la ilusión mientras perdure pasa por realidad. Sí, mejor eso que esperar por una transformación radical de la sociedad, que destruya por siempre las causas de la miseria y de las injusticias del hombre contra el hombre.

Esto es fácil de comprender y de justificar, y explica por qué los partidos constitucionales que explotan esta tendencia hablando siempre de las pretendidas reformas como "practicables" y "posibles" y de las mejorías parciales pero inmediatas, generalmente triunfan mejor que nosotros en su propaganda entre las masas.

Pero donde los trabajadores cometen un error (y es labor nuestra corregirles) es en suponer que las reformas y mejorías son más fáciles de obtener que la abolición del sistema salarial y la completa emancipación del trabajador.

En una sociedad basada en un antagonismo de intereses, donde una clase retiene toda la riqueza social y se organiza en el poder político para defender sus privilegios, la pobreza y el sometimiento de las masas desheredadas siempre tenderán a alcanzar su máximo compatible con la existencia básica del hombre y con los intereses de la clase dominante. Y esta tendencia no encuentra obstáculo alguno excepto en la resistencia de los oprimidos: la opresión y la explotación nunca se detiene hasta que se alcanza el punto en que los trabajadores se muestran decididos a no soportarlas más.

Si se obtienen pequeñas concesiones en vez de grandes, no es porque sean más fáciles de obtener, sino porque las personas se contentan con ellas.

Siempre ha sido por medio de la fuerza o del miedo que se ha obtenido algo de los opresores; siempre ha sido la fuerza o el miedo lo que ha impedido a los opresores quitar lo que han concedido.

Las ocho horas y otras reformas — sea cual sea su mérito — solo pueden obtenerse cuando los hombres se muestran resueltos a tomarlas por la fuerza, y no traerán mejora alguna a la suerte de los trabajadores a menos que éstos estén determinados a no sufrir más lo que sufren hoy.

Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que solo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.

Esto es lo que los anarquistas han de explicar a las personas, pero para hacerlo deben no mantenerse distantes desdeñosamente, sino unirse a las masas y luchar junto a ellas, empujándolas mediante el razonamiento y el ejemplo.

Además, en países en que los desheredados han intentado una huelga el 1º de Mayo han olvidado las "8 horas" y lo demás, y el 1º de Mayo ha tenido todo el significado de una fecha revolucionaria, en la que los trabajadores del mundo entero cuentan sus fuerzas y se prometen ser unánimes en los días venideros de la batalla decisiva.

Por otra parte, los gobiernos se esmeran en remover toda ilusión que cualquiera pueda albergar, en cuanto a la intervención de los poderes públicos en favor de los trabajadores; pues en vez de concesiones, todo lo que se ha obtenido hasta ahora ¡han sido arrestos al por mayor, cargas de caballerías, y descargas de armas de fuego! — ¡asesinato y mutilación!

Entonces ¡QUE VIVA el 1º de Mayo!

No es, como hemos dicho, el día de la revolución, pero sigue de todos modos siendo una buena oportunidad para la propagación de nuestras ideas, y para volcar las mentes de los hombres hacia la revolución social.

Emilio López Arango: Estado y capitalismo (1922)

 Transcripción: @rebeldealegre

Publicado originalmente en el suplemento La Protesta, no. 43, 13 de noviembre de 1922

 
La burguesía defiende sus libertades: libertad de comercio, de especulación, de latrocinio legal ¿Es que la burguesía, hasta ahora dueña del poder, monopolizadora de la riqueza social, no goza de suficientes prerrogativas en los Estados modernos? En general, la burguesía, como clase bien alimentada, está en condiciones superiores al proletariado. Pero vive una vida azarosa bajo el peso de todo un mundo desequilibrado, presa de la angustia que provoca la caída irremediable de las instituciones que garanten la integridad de su estómago... Además, ya hay una burguesía famélica, que se alimenta de las sobras de los grandes plutócratas y para quien el Estado, democrático y liberal, no ofrece el medio eficaz para mantener el rango en la escala social: las distancias que hasta ahora la separaban de la plebe y evitaban el contacto con la chusma.

Se ha dicho que, gracias a los remiendos pegados por el socialismo a las decrépitas instituciones de la burguesía, por obra y gracia de la democracia y el liberalismo, han llegado a confundirse las clases. Y esto es verdad hasta cierto punto. En los países más desarrollados industrialmente, por obra y gracia de una democracia industrial, comercial y financiera que entrega en manos de unos pocos todos los medios de producción, distribución y consumo, la pequeña burguesía sufre un paulatino despojo y se confunde con el proletariado. Pero esa "integración" de clases no es obra de la democracia ni responde a un principio doctrinario — no es tampoco la consecuencia de esa pretendida evolución de la humanidad hacia el socialismo de Estado —, sino que es el efecto obligado del proceso del capitalismo. La plutocracia, nueva casta que afirma su superioridad en enormes pedestales de oro, resucita todo el viejo sistema imperialista y condena a la servidumbre al resto de la humanidad.

Tomada en su conjunto, la burguesía no es hoy una clase homogénea, con iguales intereses y con idénticos derechos. Sigue siendo la clase que provee al Estado de directores y funcionarios; la incubadora de legistas, jueces y verdugos; la clase de los lacayos y los servidores del omnipotente amo del mundo. Pero cada día se evidencia más su condición inferior frente a esa casta que surge alegando su potencia financiera, el valor de su oro, los imperativos de sus formidables tentáculos.

Es necesario, pues, establecer una diferencia entre burguesía y capitalismo. La clase burguesa es la dueña del Estado, tiene en sus manos el poder político. Dividida en partidos, en el poder unos y en la oposición otros, llamándose liberales o conservadores, rojos o blancos, con pujos aristocráticos o veleidades plebeyas, la clase burguesa sigue representando la parodia de la democracia y gobernando en nombre del pueblo de acuerdo con los intereses de la minoría que posee el poder económico: los magnates de la industria y los reyes de la áurea plutocracia. Pero, si bien esa burocracia y esa burguesía que mata su hambre al calor de los grandes señores, pueden estar conformes con el reinado de las dinastías plutocráticas, puesto que obtienen favores y recompensas, son jefes de gobierno, ministros, jueces y capitanes de "corchetes", ¿no se evidencia, precisamente, el servilismo en que ha caído la vieja burguesía, muy orgullosa de su origen revolucionario y no menos celosa de sus libertades...?

El socialismo, que pretendió solucionar el problema capitalista — ese problema que Marx definió como un proceso de centralización industrial y comercial que entregaría todas las fuentes de riqueza en manos de unos pocos privilegiados — acudió en defensa de la burguesía empobrecida y despojada, porque en las instituciones burguesas encontraron sus teóricos y sus políticos los elementos básicos para realizar el programa económico-político de Marx: el capitalismo de Estado. Es el espíritu liberal de la burguesía el que inspira en sus luchas parlamentarias a los marxistas de hoy. Y es la burguesía, que aspira a la plena posesión del poder, que quiere integrar en el Estado la potencia del capital y del trabajo que tratan por todos los medios de eludir su control, la que comprende al fin que su salvación está en el socialismo autoritario.

Contra el colectivismo burgués, no porque se llame proletario y alegue reivindicaciones que significan la expropiación completa de los actuales amos, está la gran burguesía industrial y financiera: los grandes latifundistas, los dueños de los trusts manufactureros, los banqueros y los agiotistas en gran escala. Los plutócratas, que tienen en sus manos las fuentes de producción y el poder financiero de las naciones, quieren volver al régimen del individualismo aristocrático y del feudalismo económico. Ellos no entienden el Estado sino como un ente jurídico, que administra "justicia" y dirime los pleitos entre los ciudadanos y asegura con sus elementos de fuerza los privilegios de las clases elegidas... De ahí la lucha, cada vez más definida, que mantiene la burguesía democrática y el capitalismo todopoderoso, brutal en su formidable potencia económica.

De hecho se van perfilando diferencias más o menos lógicas, entre teoría del Estado burgués, que se basa en un principio de acumulación de poderes y de facultades creadoras, y el concepto individualista del capitalismo. Se explica, pues, que mientras los partidos burgueses — aleccionados por los marxistas — tratan de encontrar el equilibrio social haciendo pequeñas concesiones al proletariado; mientras el Estado burgués procura intervenir en las instituciones privadas para establecer normas generales de conducta entre patrones y obreros; mientras la tendencia estatista se abre camino y gobiernos centrales y comunales aspiran a monopolizar industrias de beneficio común y servicios públicos, como las empresas de aguas, de luz, de ferrocarriles, tranvías, teléfonos, etc., los voceros de la plutocracia claman contra esas medidas que llaman contrarias a la libertad de comercio, de trabajo y de explotación.

No se trata, como pudiera creerse, de un grito desesperado de esa minoría de privilegiados que hoy tiene en sus manos el monopolio comercial e industrial del mundo. El capitalismo pone en juego toda su potencia económica para salir victorioso en esa lucha de vida o muerte. Y su triunfo es ya indiscutible. Al margen o por encima de los gobiernos, los representantes de la gran industria y de la banca han emprendido la tarea de reconstruir al mundo de acuerdo con sus planes absolutistas y reaccionarios. ¿No habéis leído en la prensa burguesa, las declaraciones hechas por esos hombres de negocios en torno a la llamada reconstrucción de Rusia? Para la plutocracia poco importa que un país se gobierne por el método monárquico, republicano o bolchevique; basta que el Estado sea una garantía para las industrias y el comercio y que el gobierno esté por entero a disposición de las grandes empresas capitalistas y les asegure su libertad de explotar al proletariado y especular con la miseria de todo el pueblo.

La reacción de ese capitalismo antidemocrático se ha producido ya en Europa. Italia, país burgués y demócrata por excelencia — nación donde se estaba realizando el programa mínimo del socialismo — nos da el ejemplo de una "revolución" calificadamente antisocial, que sale por los fueros del individualismo capitalista cuyos exponentes son la libertad de comercio, el libre monopolio y la explotación sin tasa y sin freno jurídico. Y es, precisamente, contra esa concepción jurídica de la democracia, contra la autoridad suprema del Estado-juez, del Estado-árbitro y del Estado-pueblo, que se levantó el fascismo, movimiento que carece de definición ideológica pero que encarna los intereses del capitalismo italiano, de una minoría de enriquecidos que siguieron en la paz sembrando odios y alimentando las bajas pasiones de los que aprendieron en la guerra el arte de matar.

El fascismo, como movimiento de reacción brutal, es un fenómeno psíquico. Pero no hay que olvidar que las hordas fueron alimentados y pertrechados por los enriquecidos en negocios bélicos y que sus jefes son simples lacayos al servicio del omnipotente capitalismo.

Poco después de asumir el poder el jefe de las hordas fascistas, decía un telegrama de Roma que el Sr. Mussolini creía "que puede obtenerse para Italia una gran fuente de recursos, dentro de un breve plazo, mediante la supresión de todos los parásitos burocráticos generados por el socialismo de Estado, como producto de gabinetes subordinados que deseaban transformar al país entero en una masa de empleados civiles, a fin de utilizarlos como una poderosa máquina electoral. Tiene el propósito, el jefe fascista, de suprimir todos los monopolios del Estado y subvenciones a empresas navieras, y entregará los ferrocarriles, teléfonos, manufacturas de tabacos, correos, telégrafos, encomiendas postales, etc., a empresas privadas. Todos estos servicios púbicos representan ahora una pérdida de muchos millones al año, mientras que hace 25 años constituían el eje de las finanzas del Estado. Al reabrir el Parlamento el Sr. Mussolini solicitará, y sin duda le serán conferidas, amplias facultades para que el Gobierno disponga la organización burocrática como lo considere más adecuado".

¿No está claramente especificada esa tendencia individualista de la burguesía industrial, del capitalismo todopoderoso? La lucha entre la plutocracia y la burguesía se entablará en Europa con caracteres más definidos. Pero de hecho se puede establecer un concepto teórico respecto a esa lucha entre el Estado político y el Estado económico: entre la democracia burguesa y el capitalismo individualista, como también calcular las consecuencias que han de derivarse forzosamente de ese encuentro en que el proletario es poco menos que un mero espectador. Y eso a pesar de ser el socialismo el elemento básico de toda la defensa de la burguesía democrática. 
 
 
 
 

Errico Malatesta: La base moral del anarquismo (1922)

 Transcripción: @rebeldealegre

Publicado originalmente como «La base morale dell'anarchismo» en Umanità Nova (Roma), no. 188, 16 de septiembre de 1922. Al castellano en el suplemento La Protesta de Buenos Aires, no. 42, 6 de noviembre de 1922.


Ya que es un hecho que el hombre es un animal social que no puede existir como hombre sino estando en continuas relaciones materiales y morales con los otros hombres, es necesario que estas relaciones sean o de afección, de solidaridad, de amor, o de hostilidad y de lucha. Si cada uno piensa sólo en su propio bien, o en el del pequeño grupo consanguíneo o coterráneo, se encuentra necesariamente en conflicto con los otros y sale vencedor o vencido: opresor si vence, oprimido si es vencido. Las armonías naturales, la natural confluencia del bien de cada uno con el bien de todos son invenciones de la pereza humana, la que más bien que luchar por realizar sus propios deseos imagina que ellos se realizarán espontáneamente, por ley natural. En el hecho, en cambio, el hombre en la naturaleza se encuentra continuamente en oposición de intereses con los otros hombres por la ocupación del sitio más bello o más sano, por la cultivación de los terrenos más fértiles y, a menudo, por las explotación de todas las diferentes oportunidades que la vida social va creando para los unos y para los otros, y por ello la historia humana está llena de violencias, de guerras, de desastres, de explotación feroz del trabajo ajeno, de tiranías y de esclavitudes infinitas.

Si no hubiera habido en el ánimo humano más que este acre instinto de querer prevalecer sobre los otros y aprovecharse de los otros, la humanidad habría permanecido en una condición de bestialidad y no habría sido posible ni siquiera el desarrollo de los ordenamientos históricos y contemporáneos, los cuales, aun en los peores casos, representan siempre una cierta contemporización del espíritu de tiranía con un mínimo de solidaridad social indispensable a una vida algo civil y progresiva.

Pero afortunadamente hay en el hombre otro sentimiento que lo acerca a su prójimo: el sentimiento de simpatía, de tolerancia, de amor, y gracias a este sentimiento, que en grado diverso existe en todos los seres humanos, la humanidad se ha ido civilizando y ha nacido nuestra idea que quiere hacer de la sociedad una verdadera unión de hermanos y amigos que trabajen todos para el bien de todos.

De dónde ha nacido este sentimiento, que es expresado por los llamados preceptos morales y que a medida que se desarrolla niega la moralidad vigente y la sustituye con una moral superior, es investigación que puede interesar a los filósofos y a los sociólogos, pero no cambia nada al hecho, que existe por sí, independientemente de las explicaciones que puede dársele. Que derive del hecho primitivo, fisiológico, del acoplamiento sexual necesario a la continuación de la especie o de la satisfacción que se encuentra en la sociedad de los propios semejantes, de la ventaja que se saca de la unión en la lucha contra el enemigo común y en la rebelión contra el común opresor, o del deseo de reposo, de paz, de seguridad que sienten los mismos vencedores, o más bien, de todas estas y cien otras causas justas, no importa: él existe y en su generalización fundamos nuestras esperanzas para el porvenir de la humanidad.

“La voluntad de Dios”, “las leyes naturales”, “la ley moral”, “el imperativo categórico” de los Kantianos, el mismo “interés bien entendido” de los Utilitaristas, son todas metafisiquerías que “no sacan una araña del agujero”. Ellas representan el plausible deseo de la mente humana de querer explicarlo todo, de querer penetrar en el fondo de las cosas y podrían ser aceptadas como provisorias hipótesis de trabajo para proceder a ulteriores investigaciones, si la mayoría de las veces no fuesen el efecto de esa otra deplorable tendencia humana que nunca quiere confesar la propia ignorancia y se conforma, antes que decir “no sé”, con explicaciones verbales vacías de todo contenido real.

Cualesquiera sea la explicación o la no-explicación preferida, la cuestión queda intacta: es preciso escoger entre el odio y el amor, entre la lucha fraticida y la cooperación fraterna, entre el “egoísmo” y el “altruismo”.

* * * 


He dicho altruismo y me parece que ya siento encima de mí el anatema de los “iconoclastas”.

No hay motivo.

Esta discusión ya secular entre “egoístas” y “altruistas” no es en el fondo más que una miserable cuestión de palabras.

Es cosa evidente, admitida por todos, que todo lo que se hace voluntariamente, se hace porque el hacerlo satisface nuestros sentidos, o nuestros gustos o nuestros sentimientos. El más puro de los mártires se sacrifica porque al sacrificarse siente también una satisfacción íntima que lo compensa con usura de los dolores sufridos; y si renuncia voluntaria y conscientemente a la vida es porque a sus ojos hay alguna cosa que vale más que la vida. De aquí que en cierto sentido se puede decir, sin temor de equivocarse, que todos los hombres son egoístas.

Pero en el lenguaje común, que según mi parecer es siempre preferible cuando se puede hacerlo sin generar equívocos, se llama egoísta a aquel que no piensa más que en sí y a sí mismo sacrifica a los otros, y se llama altruista a aquel que en un grado más o menos elevado se preocupa también de los intereses de los otros y hace lo que puede para ayudarles. En suma, el “egoísta” sería el egoísta malo, y el “altruista” sería el egoísta bueno; cuestión de palabras.



* * *

¿Por qué somos anarquistas?

Aparte de nuestras ideas sobre el Estado político y sobre el Gobierno, es decir, sobre la organización coercitiva de la sociedad, que forman nuestra característica específica, y de aquellas sobre el mejor modo de asegurar a todos el uso de los medios de producción y la participación en las ventajas de la vida social, nosotros somos anarquistas por un sentimiento, que es el resorte motriz de todos los sinceros reformadores sociales, y sin el cual nuestro anarquismo sería una mentira o una cosa sin sentido.

Este sentimiento es el amor de los hombres, es el hecho de sufrir con los sufrimientos ajenos. Si yo (hablo en primera persona, pero lo mismo se podría decir de todos los compañeros), si yo como, no puedo comer con gusto si pienso que hay gente que muere de hambre; si compro un juguete a mi niña y me siento feliz de verla alegre, mi alegría pronto es amargada al ver ante la vitrina del mercader a los niños con los ojos muy abiertos por el deseo, que podrían ser hechos felices con una polinchela de unos céntimos y que no pueden tenerlo; si me divierto, mi ánimo se entristece al recordar que hay muchos desgraciados que gimen en las cárceles; si estudio o ejecuto un trabajo que me agrada, siento como un remordimiento pensando que hay muchos que tienen mayor ingenio que yo y están constreñidos a consumir su vida en un trabajo embrutecedor, a menudo inútil y dañoso. Puro egoísmo, como veis, pero de ese egoísmo que otros llaman altruismo, y sin el cual, llámesele como se quiera, no es posible ser realmente anarquista.

No tolerar la opresión, el deseo de ser libre y de poder expandir la propia personalidad en toda su potencia no basta para hacer un anarquista. Esa aspiración a la libertad ilimitada, si no es acompañada por el amor a los hombres y el deseo de que todos los otros tengan igual libertad, puede hacer rebeldes, pero no es bastante para hacer anarquistas: hará rebeldes que, si tienen poder suficiente, se transforman de seguida en explotadores y tiranos.
 
 

Errico Malatesta: La actitud de los anarquistas en el movimiento sindical (1923)

Transcripción: @rebeldealegre

Título original “La condotta degli anarchici nel movimento sindacale”, publicado en Fede! (Roma) 1, no. 3 (30 de septiembre de 1923).  Versión al castellano del suplemento La Protesta, no. 96, 19 de noviembre de 1923.
La Unione Anarchica Italiana era la principal organización anarquista italiana. Fue fundada en el congreso de Bolonia de 1920, reemplazando a la Unione Comunista Anarchica Italiana que había sido fundada el año anterior. El congreso de París, donde el reporte de Malatesta pretendía ser presentado, no se llevó a cabo. Las dificultades a las que se refiere Malatesta son aquellas determinadas por la subida del fascismo al poder, que ocurrió menos de un año antes.

 


  La actitud de los anarquistas en el movimiento sindical

Informe al Congreso Anarquista Internacional de París, 1923

Encargado de informar sobre la cuestión sindical en un momento de crisis en que la vieja táctica debe ser considerada a la luz de las recientes experiencias, y cuando por la detención, el destierro o las persecuciones de tantos de los miembros activos de la Unione se hace difícil relacionarse con los compañeros y darse exactamente cuenta de sus ideas y disposiciones actuales, no puedo más que hablar por mi cuenta y bajo mi responsabilidad personal, bien que convencido por el conocimiento que tengo del movimiento, que lo que voy a decir expresará el pensamiento de la gran mayoría sino de la totalidad de los anarquistas adherentes a la Unione anarchica italiana.

Nosotros hemos comprendido siempre la gran importancia del movimiento obrero y la necesidad para los anarquistas de ser en él parte activa y propulsora. Y a menudo ha sido por iniciativa de compañeros nuestros que se han constituido las agrupaciones obreras más vivas y avanzadas.

Hemos pensado siempre que el sindicalismo es hoy un medio para que los trabajadores comiencen a comprender su posición de esclavos, a desear la emancipación y a habituarse a la solidaridad con todos los oprimidos en la lucha contra los opresores — y mañana servirá como primer núcleo necesario para la continuidad de la vida social y la reorganización de la producción sin amos ni parásitos.

Pero hemos discutido siempre, y a menudo disentido sobre la manera de explicar la acción anarquista en las relaciones con los trabajadores.

¿Era preciso entrar en los sindicatos, o quedar fuera de ellos, aún tomando parte en todas las agitaciones, y tratar de darles el carácter más radical posible y mostrarse los primeros en la acción y en el peligro?

Y sobre todo, dentro de los sindicatos ¿había o no que asumir cargos directivos y por consiguiente prestarse a aquellas transiciones, a aquellos compromisos, a aquellos acomodos, a aquellas relaciones con la autoridad y con los patrones a que deben adaptarse, por voluntad de los mismos trabajadores y por su interés inmediato, en la lucha cotidiana, cuando no se trata de hacer la revolución, sino de obtener mejoramientos o de defender los ya conseguidos?

En los dos años que siguieron a la paz y hasta la víspera del triunfo de la reacción por obra del fascismo nosotros nos encontramos en una situación singular.

La revolución parecía inminente, y existían en efecto todas las condiciones materiales y espirituales para que fuese posible y necesaria.

Pero nosotros, anarquistas, carecíamos con mucho de las fuerzas precisas para hacer la revolución con métodos y hombres exclusivamente nuestros; teníamos necesidad de las masas, y las masas, si estaban dispuestas a la acción, no eran anarquistas. Por lo demás, una revolución hecha sin el concurso de las masas, aunque hubiese sido posible, no habría podido poner en pie sino una nueva dominación, la cual, aunque se ejerciera por los anarquistas, habría sido siempre la negación del anarquismo, habría corrompido los nuevos dominadores y habría acabado por la restauración del orden estatista y capitalista.

Retraerse de la lucha, abstenerse porque no podríamos obrar justamente como hubiéramos querido, habría sido una renuncia a toda posibilidad presente o futura, a toda esperanza de desarrollar el movimiento en la dirección deseada por nosotros — y renunciar no sólo para aquella ocasión, sino para siempre, porque no se tendrán nunca masas anarquistas antes de que la sociedad sea transformada económica y políticamente, y la misma situación se presentará cada vez que las circunstancias hagan posible una tentativa revolucionaria.

Era preciso, pues, conquistar a toda costa la confianza de las masas, ponerse en posición de poder determinarlas a obrar y por esto parecía útil conquistar cargos directivos en las organizaciones obreras. Todos los peligros de domesticación y de corrupción pasaban a segundo plano, y por lo demás se suponía que no tendrían el tiempo de realizarse.

Por consiguiente se llegó a la conclusión de dejar a cada uno la libertad de proceder según las circunstancias y como creyese mejor, a condición de no desconocer nunca que era anarquista y de guiarse siempre por el interés superior de la causa anárquica.

Pero ahora, después de las últimas experiencias y vista la situación actual, que no admite connubios transitorios y exige una vuelta rigurosa a los principios para encontrarse mejor preparados y más profundamente convencidos en los próximos acontecimientos, me parece que conviene volver sobre la cuestión y ver si hay que modificar la táctica en este punto importante de nuestra actividad.

Espero que el congreso examinará el asunto con la atención que merece.

Según mi opinión, es preciso entrar en los sindicatos, porque estando fuera de ellos se aparece como enemigos, nuestra crítica es mirada con sospecha y en los momentos de agitación seremos considerados como intrusos y sería mal aceptado nuestro concurso. — Hablo, se entiende, de los verdaderos sindicatos, compuestos de trabajadores libremente asociados para defender sus intereses contra los patrones y contra el gobierno; y no de los sindicatos fascistas, a menudo reclutados al son de los bastonazos y con la amenaza del hambre, y, que son un arma de gobierno y una tentativa para someter a los trabajadores a las exigencias patronales. — Es preciso entrar en los sindicatos y ejercer obra de propulsión para dar un carácter siempre más libertario y vigilar, criticar y combatir las posibles debilidades y desviaciones de los dirigentes.

Y en cuanto a solicitar y aceptar nosotros mismos los puestos de dirigentes, creo que en líneas generales y en tiempos de calma es mejor evitarlo. Pero creo que el daño y el peligro no está tanto en el hecho de ocupar un puesto directivo — cosa que en ciertas circunstancias puede ser útil y también necesaria — sino en el hecho de perpetuarse en el puesto. Sería preciso, según mi opinión, que el personal dirigente se renovase lo más a menudo posible, sea para habilitar un mayor número de trabajadores en todas las funciones administrativas, sea para impedir que el trabajo de organizador se convierta en un oficio e induzca a los que lo ejercen a llevar a las luchas obreras la preocupación de no perder el empleo.

Y todo esto no sólo en interés actual de la lucha y de la educación de los trabajadores, sino también y mayormente en vista del desenvolvimiento de la revolución después que la revolución haya sido iniciada.

Con justa razón los anarquistas se oponen al comunismo autoritario, el cual supone un gobierno que, queriendo dirigir toda la vida social y poner las organizaciones de la producción y de la distribución de las riquezas bajo las órdenes de funcionarios suyos, no puede menos que producir la más odiosa tiranía y la paralización de todas las fuerzas vivas de la sociedad.

Los sindicalistas, aparentemente de acuerdo con los anarquistas en la aversión del centralismo estatal, quieren abolir el gobierno sustituyéndolo por los sindicatos; y dicen que son éstos los que deben posesionarse de la riqueza, requisar los víveres, distribuirlos, organizar la producción y el cambio. Y yo no vería inconveniente en ello cuando los sindicatos abriesen de par en par las puertas a la población y dejaran a los disidentes la libertad de obrar y de tomar su parte.

Pero esta expropiación y esta distribución no pueden, en la práctica, ser hechas tumultuariamente, por la masa, aunque sea sindicada, sin producir un derroche perjudicial de riquezas y el sacrificio de los más débiles por obra de los más fuertes y brutales; y tampoco se podrían establecer en masa los acuerdos entre las diversas corporaciones de productores. Habría, pues, que proveer mediante deliberaciones tomadas en asambleas populares y seguidas por grupos e individuos espontáneamente ofrecidos o regularmente delegados.

Ahora bien, si hay un restringido número de individuos que por largo hábito son considerados como jefes de los sindicatos, si hay secretarios permanentes y organizadores oficiales, serán ellos los que se encuentren automáticamente encargados de organizar la revolución y tendrán tendencia a considerar como intrusos e irresponsables a los que quieran tomar iniciativas independientes de ellos y querrán imponer, aunque sea con las mejores intenciones, su voluntad — hasta con la fuerza.

Y entonces el régimen sindicalista se convertiría pronto en la misma mentira y en la misma tiranía que resultó la llamada dictadura del proletariado.

El remedio a este peligro y la condición para que la revolución sea verdaderamente emancipadora están en la formación de un gran número de individuos capaces de iniciativa y de obra práctica, en el hecho de habituar a las masas a no abandonar la causa de todos en manos de algunos pocos y a delegar, cuando es necesaria delegación, para encargos determinados y por tiempo limitado. Y para crear una situación y un espíritu tal es el sindicato un medio eficacísimo si está organizado y animado con métodos verdaderamente libertarios.


* * *

A cuanto he dicho sobre la cuestión de la organización obrera, séame permitido añadir algunas palabras sobre la organización de los anarquistas, tal como es entendida por la Unione Anarchica Italiana.

La Unione Anarchica Italiana es una federación de grupos autónomos unidos para ayudarse mutuamente en la propaganda y en la realización de un programa libremente aceptado. Celebra periódicamente congresos y, entre un congreso y el siguiente, es representada por una Comisión de correspondencia, nombrada por el congreso, y varía siempre de personal y de sede. Las deliberaciones de los congresos no comprometen más que a los grupos que las aceptan después de haberlas considerado; y por esta razón, el modo de representación, cualquiera que sea, no tiene importancia, no pudiendo dar lugar a injusticias y usurpaciones. Todo grupo o toda federación particular de grupos envía los delegados que puede, cualquiera que sea el número de sus componentes, sin inconvenientes, puesto que el congreso no hace leyes obligatorias para todos, sino que sirve como indicación de las varias opiniones; y la opinión dominante se concreta en resoluciones que son sometidas después a los grupos y tienen simple valor de consejos y de sugestiones.

La Comisión de correspondencia sirve para facilitar las relaciones entre los grupos, para procurar a la iniciativa de cada uno el apoyo de los demás y hacer más fácil la acción concertada. Pero no existe ninguna autoridad y ningún medio para imponer la propia voluntad.

Cada individuo y cada grupo se relaciona, si lo cree necesario, directamente con los otros sin pasar por el trámite de la Comisión de correspondencia: cada cual es libre de imprimir lo que cree bueno, de tomar la iniciativa que pueda, de hacer, en una palabra, todo lo que quiera en interés de la causa común. El único vínculo es el programa general, cuya aceptación es condición necesaria para entrar en la Unione.

Estos principios son aceptados por todos los miembros de la Unione, porque constituyen el pacto que los ha unido. Y aquellos que, por ignorancia o por fines inconfesables, intentan hacer creer que la Unione Anarchica Italiana es una organización autoritaria, obran contra la verdad.

La Unione no entiende tener el monopolio de la organización anárquica. Todo anarquista puede permanecer aislado o unirse a otras organizaciones.

La Unione es dichosa de toda actividad anarquista dentro y fuera de su seno, y está dispuesta a prestar ayuda a todos y a recibirla de todos, siempre que se trata de cosas que no estén en contradicción con su programa.


El encargado de la Unione Anarchica Italiana,
Errico Malatesta.

Emilio López Arango: Reformismo apolítico (1924)

Transcripción: @rebeldealegre
Desde el suplemento La Protesta, no. 105, 21 de enero de 1924

Se ha generalizado la creencia, que comparten también no pocos camaradas, de que únicamente son reformistas los elementos políticos del marxismo. Fácilmente se puede demostrar que están en un error los que tal cosa sostienen. El reformismo no es, como creen los críticos de la social-democracia que se sitúan en el terreno exclusivamente de la lucha de clases, una consecuencia directa y particular de la política: es el resultado de híbridas concepciones político-económicas que, actuando en diversos ambientes y asumiendo distintas formas, tienden a realizar un propósito social que no altera en sus bases el orden de cosas establecido.

La práctica del parlamentarismo, por lo mismo que particulariza la acción colaboradora de los socialistas y los aleja cada vez más del punto de partida del socialismo, ha servido para establecer en el movimiento social de todos los países las actuales clasificaciones doctrinarias. Y se califica de reformistas a los que aceptan la política como un recurso para llegar a la colaboración de clases y al “buen gobierno”, y de revolucionarios a los que basan en la acción directa el triunfo de la revolución.

Puede que esos dos denominativos hayan servido durante el largo período de relativa calma que terminó con la declaración de la guerra europea, para diferenciar dos movimientos distintos en la forma de encarar tácticamente la lucha de clases. Pero la gran carnicería primero y la revolución rusa después — fermentos violentos de las dictaduras gestadas por el autoritarismo marxista —, fueron las encargadas de rectificar el viejo concepto revolucionario. ¿Podían llenar las aspiraciones de los anarquistas las vaguedades doctrinarias de un sindicalismo que se declaraba neutral frente a la lucha de las tendencias que prevalecían en el movimiento obrero?

La necesidad de reaccionar contra las infiltraciones autoritarias en la propaganda revolucionaria obligó a los anarquistas a definir su posición doctrinaria y a plantear serios antagonismos a los que más cerca parecían estar de las ideas. Y el primer escollo que encontró el anarquismo al reiniciar la marcha después de un breve período de indecisiones, fue precisamente el del sindicalismo clásico: de esa teoría apolítica, colocada en el término medio del movimiento revolucionario.

Fueron los marxistas conversos al bolcheviquismo los encargados de revelar la incapacidad subversiva del sindicalismo. De ellos fue, en Rusia, la iniciativa del golpe de Estado que llevó al poder a los apóstoles de la dictadura. Y ese acontecimiento determinó más tarde la subordinación del movimiento obrero a las directivas de Moscú, confundiendo las aspiraciones libertarias del proletariado con el interés de la burocracia comunista.

Los reformistas apolíticos están situados en el camino de la dictadura. Oponen a la fórmula comunista de la dictadura proletaria y del Estado obrero, el alegato clasista de “todo el poder a los sindicatos”. Pero en realidad excluyendo la tendencia política de los comunistas y sus declarados propósitos dictatoriales, el sindicalismo neutro acepta de hecho todas las contingencias marxistas: basa en el imperio económico del capitalismo la realizaciones de fines económicos que excluyen toda definición política e ideológica.

He ahí, pues, el exponente menos conocido del reformismo. Durante muchos años los jefes social-demócratas que a la vez oficiaban — y siguen oficiando — de dirigentes del proletariado menos activo, aunque sí numéricamente más fuerte, pretendieron dividir el campo obrero en dos distintas zonas de influencia. Ellos se llamaron socialistas en el partido, y llegaron a ser diputados, senadores y hasta ministros en gabinetes reaccionarios, practicando la colaboración de clases en desmedro de los más elementales derechos de los trabajadores; pero simulaban también, en los sindicatos, la defensa de las mejoras económicas arrancadas al capitalismo y oficiaban de orientadores del sindicalismo en su calidad de ex-obreros ganados por el ambiente burgués y no pocas veces colocados de hecho en el sector de la reacción y convertidos en descarados lacayos del capitalismo.

La degeneración del movimiento obrero revolucionario — del grupo menos numeroso, pero más activo, que se mantuvo hasta la guerra europea en sus posiciones de vanguardia, siguiendo todos los pasos a los jefes social-demócratas —; la derivación reformista de una tendencia que parecía ser el resultado de nuestra propaganda y la sólida obra realizada por los anarquistas en medio siglo de agitaciones subversivas y de luchas heroicas, debemos buscarla en la vaguedad doctrinaria de los sindicalistas puros. El sindicalismo no llegó a ser una doctrina pese al esfuerzo de algunos teorizantes colocados en la guarda-raya que separa al marxismo del anarquismo. Por eso estuvo y está expuesto a todas las incursiones de los fracasados de la política y de todos los aspirantes a una jefatura en los sindicatos obreros. ¿Debemos persistir en el error neutralista, empeñándonos en mantener una tendencia híbrida que rechaza los fundamentos doctrinarios del anarquismo y pretende buscar sus motivos revolucionarios en el factor económico con exclusión de toda idea moral o política?

El apoliticismo es la negación de toda fe en el porvenir de la humanidad, que sólo podrá redimirse por las ideas. Los neutros, al rechazar sistemáticamente todo compromiso con un “dogma”, dejan sentado el concepto fatalista del marxismo: confían al desarrollo industrial de las naciones y a la prevalencia cada vez más absorbente del capitalismo, la tarea de crear en los pueblos y en los individuos las aptitudes necesarias para preparar y realizar la revolución. Pero como el materialismo histórico sólo se explica mediante realidades económicas y viejas experiencias sociales que carecen de contenido moral para el hombre emancipado — para el propagador de la vida nueva —, los trabajadores no podrán nunca emplear ese instrumento capitalista en la difícil y penosa tarea de transformar este mundo de esclavos en un mundo de hombres libres.

Las tendencias que rechazan las ideas “consagradas” y se sitúan en el término medio de la cuestión social, no podrán nunca llevar a cabo una labor revolucionaria de proyecciones universales. (Lo universal es, en este caso, lo que abarca al hombre y a la sociedad en sus fundamentos éticos y materiales). Y el sindicalismo, que ni siquiera es un término medio desde el momento que pretende mantenerse en un terreno neutral frente a todas las ideologías, menos podrá convertir a los trabajadores en una potencia revolucionaria que obre sobre las condiciones políticas y económicas del medio social y opere en la conciencia del hombre los valores nuevos, las ideas de libertad y justicia que habrán de redimir a los pueblos del pecado original: la esclavitud.

Repitiendo los errores de la social-democracia y haciendo suyo el programa de los jefes políticos del síndico-reformismo, los bolcheviques han creado un movimiento sindical propio, que subordinan a su partido. De hecho la Sindical Roja no es otra cosa que el apéndice económico de la Tercera Internacional. El sindicalismo es, para el gobierno comunista ruso, un recurso político que facilita su intervención en el movimiento obrero y le ofrece un arma poderos para neutralizar los efectos de la propaganda revolucionaria de los anarquistas. ¿No llena la Sindical Roja, para el gobierno de Moscú, las mismas funciones que la internacional amarilla de Amsterdam cumple como instrumento reaccionario de los gobiernos europeos?

No basta, pues, para dar al sindicalismo una orientación revolucionaria, con substraer a los trabajadores de la influencia de los traidores refugiados en la Internacional de Ámsterdam. También en Moscú está la sede de los conversos a la dictadura y a la reacción y de los lacayos del del capitalismo internacional. Si comprobamos esa degeneración del movimiento obrero considerado revolucionario, si nos consta que Moscú sigue la misma trayectoria reformista que Ámsterdam, ¿a qué ese empeño en dejar librados los sindicatos obreros a la influencia de los oportunistas que simulan propósitos subversivos para catequizar a los trabajadores y explotar su ignorancia en beneficio de un partido político sedicente revolucionario?

Las frecuentes desviaciones del sindicalismo debemos buscarlas en su orfandad ideológica. El interés de clase no creó una noción moral superior en los trabajadores, ni los libró del contagio de los autoritarismos que flotan en el ambiente. Y la unidad obrera desaparece hasta en el momento en que están en litigio cuestiones puramente económicas. El desarrollo material de las naciones, la concentración capitalista, el perfeccionamiento técnico, etc., habrán desarrollado aptitudes y capacidades productivas en el proletariado. Pero ese progreso industrial, aprovechado en su beneficio por una minoría privilegiada, no ha creado por si mismo valores revolucionarios en la conciencia de los esclavos.

De otra manera no se explicaría el fracaso del sindicalismo. Si no llegáramos a la lógica conclusión de que los trabajadores no pueden emanciparse del yugo del salario si no se emancipan moralmente del dominio de las religiones que tienen su síntesis violenta y opresiva en el Estado, difícilmente nos explicaríamos el contraste que existe entre el progreso material de las sociedades humanas y el menguado progreso moral de los pueblos. Hay, pues, una equivocación de conceptos y de tácticas en la forma de apreciar el desarrollo materialista de la historia. Y ese error es el que determina el fracaso del sindicalismo y esteriliza las energía de los anarquistas que aportan su concurso a esa guerra de explotados y explotadores.

El reformismo apolítico es una plaga engendrada por los autoritarios marxistas. Debemos librar de ella al movimiento obrero, si es que confiamos que de las organizaciones proletarias ha de surgir la fuerza consciente llamada a libertar al hombre de todos los yugos morales y materiales.

Llevemos al sindicato nuestras ideas, aún cuando sean motivo de antagonismos y de luchas. La unidad económica del proletariado es una mentira. Y de esa ficción se han valido todos los políticos y todos los oportunistas para hacer del movimiento obrero el campo de sus correrías y afianzar sobre la ignorancia de los trabajadores su poder de “jefes revolucionarios” que terminaron por tomar la librea de los servidores del todopoderoso capitalismo.