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Emilio López Arango: Estado y capitalismo (1922)

 Transcripción: @rebeldealegre

Publicado originalmente en el suplemento La Protesta, no. 43, 13 de noviembre de 1922

 
La burguesía defiende sus libertades: libertad de comercio, de especulación, de latrocinio legal ¿Es que la burguesía, hasta ahora dueña del poder, monopolizadora de la riqueza social, no goza de suficientes prerrogativas en los Estados modernos? En general, la burguesía, como clase bien alimentada, está en condiciones superiores al proletariado. Pero vive una vida azarosa bajo el peso de todo un mundo desequilibrado, presa de la angustia que provoca la caída irremediable de las instituciones que garanten la integridad de su estómago... Además, ya hay una burguesía famélica, que se alimenta de las sobras de los grandes plutócratas y para quien el Estado, democrático y liberal, no ofrece el medio eficaz para mantener el rango en la escala social: las distancias que hasta ahora la separaban de la plebe y evitaban el contacto con la chusma.

Se ha dicho que, gracias a los remiendos pegados por el socialismo a las decrépitas instituciones de la burguesía, por obra y gracia de la democracia y el liberalismo, han llegado a confundirse las clases. Y esto es verdad hasta cierto punto. En los países más desarrollados industrialmente, por obra y gracia de una democracia industrial, comercial y financiera que entrega en manos de unos pocos todos los medios de producción, distribución y consumo, la pequeña burguesía sufre un paulatino despojo y se confunde con el proletariado. Pero esa "integración" de clases no es obra de la democracia ni responde a un principio doctrinario — no es tampoco la consecuencia de esa pretendida evolución de la humanidad hacia el socialismo de Estado —, sino que es el efecto obligado del proceso del capitalismo. La plutocracia, nueva casta que afirma su superioridad en enormes pedestales de oro, resucita todo el viejo sistema imperialista y condena a la servidumbre al resto de la humanidad.

Tomada en su conjunto, la burguesía no es hoy una clase homogénea, con iguales intereses y con idénticos derechos. Sigue siendo la clase que provee al Estado de directores y funcionarios; la incubadora de legistas, jueces y verdugos; la clase de los lacayos y los servidores del omnipotente amo del mundo. Pero cada día se evidencia más su condición inferior frente a esa casta que surge alegando su potencia financiera, el valor de su oro, los imperativos de sus formidables tentáculos.

Es necesario, pues, establecer una diferencia entre burguesía y capitalismo. La clase burguesa es la dueña del Estado, tiene en sus manos el poder político. Dividida en partidos, en el poder unos y en la oposición otros, llamándose liberales o conservadores, rojos o blancos, con pujos aristocráticos o veleidades plebeyas, la clase burguesa sigue representando la parodia de la democracia y gobernando en nombre del pueblo de acuerdo con los intereses de la minoría que posee el poder económico: los magnates de la industria y los reyes de la áurea plutocracia. Pero, si bien esa burocracia y esa burguesía que mata su hambre al calor de los grandes señores, pueden estar conformes con el reinado de las dinastías plutocráticas, puesto que obtienen favores y recompensas, son jefes de gobierno, ministros, jueces y capitanes de "corchetes", ¿no se evidencia, precisamente, el servilismo en que ha caído la vieja burguesía, muy orgullosa de su origen revolucionario y no menos celosa de sus libertades...?

El socialismo, que pretendió solucionar el problema capitalista — ese problema que Marx definió como un proceso de centralización industrial y comercial que entregaría todas las fuentes de riqueza en manos de unos pocos privilegiados — acudió en defensa de la burguesía empobrecida y despojada, porque en las instituciones burguesas encontraron sus teóricos y sus políticos los elementos básicos para realizar el programa económico-político de Marx: el capitalismo de Estado. Es el espíritu liberal de la burguesía el que inspira en sus luchas parlamentarias a los marxistas de hoy. Y es la burguesía, que aspira a la plena posesión del poder, que quiere integrar en el Estado la potencia del capital y del trabajo que tratan por todos los medios de eludir su control, la que comprende al fin que su salvación está en el socialismo autoritario.

Contra el colectivismo burgués, no porque se llame proletario y alegue reivindicaciones que significan la expropiación completa de los actuales amos, está la gran burguesía industrial y financiera: los grandes latifundistas, los dueños de los trusts manufactureros, los banqueros y los agiotistas en gran escala. Los plutócratas, que tienen en sus manos las fuentes de producción y el poder financiero de las naciones, quieren volver al régimen del individualismo aristocrático y del feudalismo económico. Ellos no entienden el Estado sino como un ente jurídico, que administra "justicia" y dirime los pleitos entre los ciudadanos y asegura con sus elementos de fuerza los privilegios de las clases elegidas... De ahí la lucha, cada vez más definida, que mantiene la burguesía democrática y el capitalismo todopoderoso, brutal en su formidable potencia económica.

De hecho se van perfilando diferencias más o menos lógicas, entre teoría del Estado burgués, que se basa en un principio de acumulación de poderes y de facultades creadoras, y el concepto individualista del capitalismo. Se explica, pues, que mientras los partidos burgueses — aleccionados por los marxistas — tratan de encontrar el equilibrio social haciendo pequeñas concesiones al proletariado; mientras el Estado burgués procura intervenir en las instituciones privadas para establecer normas generales de conducta entre patrones y obreros; mientras la tendencia estatista se abre camino y gobiernos centrales y comunales aspiran a monopolizar industrias de beneficio común y servicios públicos, como las empresas de aguas, de luz, de ferrocarriles, tranvías, teléfonos, etc., los voceros de la plutocracia claman contra esas medidas que llaman contrarias a la libertad de comercio, de trabajo y de explotación.

No se trata, como pudiera creerse, de un grito desesperado de esa minoría de privilegiados que hoy tiene en sus manos el monopolio comercial e industrial del mundo. El capitalismo pone en juego toda su potencia económica para salir victorioso en esa lucha de vida o muerte. Y su triunfo es ya indiscutible. Al margen o por encima de los gobiernos, los representantes de la gran industria y de la banca han emprendido la tarea de reconstruir al mundo de acuerdo con sus planes absolutistas y reaccionarios. ¿No habéis leído en la prensa burguesa, las declaraciones hechas por esos hombres de negocios en torno a la llamada reconstrucción de Rusia? Para la plutocracia poco importa que un país se gobierne por el método monárquico, republicano o bolchevique; basta que el Estado sea una garantía para las industrias y el comercio y que el gobierno esté por entero a disposición de las grandes empresas capitalistas y les asegure su libertad de explotar al proletariado y especular con la miseria de todo el pueblo.

La reacción de ese capitalismo antidemocrático se ha producido ya en Europa. Italia, país burgués y demócrata por excelencia — nación donde se estaba realizando el programa mínimo del socialismo — nos da el ejemplo de una "revolución" calificadamente antisocial, que sale por los fueros del individualismo capitalista cuyos exponentes son la libertad de comercio, el libre monopolio y la explotación sin tasa y sin freno jurídico. Y es, precisamente, contra esa concepción jurídica de la democracia, contra la autoridad suprema del Estado-juez, del Estado-árbitro y del Estado-pueblo, que se levantó el fascismo, movimiento que carece de definición ideológica pero que encarna los intereses del capitalismo italiano, de una minoría de enriquecidos que siguieron en la paz sembrando odios y alimentando las bajas pasiones de los que aprendieron en la guerra el arte de matar.

El fascismo, como movimiento de reacción brutal, es un fenómeno psíquico. Pero no hay que olvidar que las hordas fueron alimentados y pertrechados por los enriquecidos en negocios bélicos y que sus jefes son simples lacayos al servicio del omnipotente capitalismo.

Poco después de asumir el poder el jefe de las hordas fascistas, decía un telegrama de Roma que el Sr. Mussolini creía "que puede obtenerse para Italia una gran fuente de recursos, dentro de un breve plazo, mediante la supresión de todos los parásitos burocráticos generados por el socialismo de Estado, como producto de gabinetes subordinados que deseaban transformar al país entero en una masa de empleados civiles, a fin de utilizarlos como una poderosa máquina electoral. Tiene el propósito, el jefe fascista, de suprimir todos los monopolios del Estado y subvenciones a empresas navieras, y entregará los ferrocarriles, teléfonos, manufacturas de tabacos, correos, telégrafos, encomiendas postales, etc., a empresas privadas. Todos estos servicios púbicos representan ahora una pérdida de muchos millones al año, mientras que hace 25 años constituían el eje de las finanzas del Estado. Al reabrir el Parlamento el Sr. Mussolini solicitará, y sin duda le serán conferidas, amplias facultades para que el Gobierno disponga la organización burocrática como lo considere más adecuado".

¿No está claramente especificada esa tendencia individualista de la burguesía industrial, del capitalismo todopoderoso? La lucha entre la plutocracia y la burguesía se entablará en Europa con caracteres más definidos. Pero de hecho se puede establecer un concepto teórico respecto a esa lucha entre el Estado político y el Estado económico: entre la democracia burguesa y el capitalismo individualista, como también calcular las consecuencias que han de derivarse forzosamente de ese encuentro en que el proletario es poco menos que un mero espectador. Y eso a pesar de ser el socialismo el elemento básico de toda la defensa de la burguesía democrática.